La muerte de un escritor en vida
De Alejandro Fernández Villanueva
Corría el año 1942, en la ciudad Petrópolis, los avances del nazismo también eran noticia. Una pareja se suicidaba en un hotel de la ciudad brasileña dejando unas monedas, una caja de cerillas y un vaso vacío. Ambos fueron encontrados en la cama abrazados y dejaron este escrito: “Ojalá puedan ver el amanecer después de esta larga noche. Yo, demasiado impaciente, me voy antes de aquí".
Corría el año 1942, en la ciudad Petrópolis, los avances del nazismo también eran noticia. Una pareja se suicidaba en un hotel de la ciudad brasileña dejando unas monedas, una caja de cerillas y un vaso vacío. Ambos fueron encontrados en la cama abrazados y dejaron este escrito: “Ojalá puedan ver el amanecer después de esta larga noche. Yo, demasiado impaciente, me voy antes de aquí".
Así
Stefan Zweig dejaba el mundo de ayer, abrumado por el tiempo y por su época,
asumiendo que él prefería dejarlo, antes de seguir viendo el sufrimiento que el
“corto siglo XX” se estaba cobrando en todo el mundo y que en su ya vieja Europa
había sucumbido al poder del nazismo.
Stefan
Zweig (Viena, 1881 – Petrópolis, 1942) vivió en Europa, pero vivió otra época,
un mundo que conviene recordar bajo el prisma de una sociedad abrumada por la
cultura, por la burguesía y por el nacimiento de la sociedad de masas. La
llamada Belle Époque, conviene ser recordada, porque entronca los
ideales liberales del siglo XIX y lo une al siglo XX, un siglo controvertido, debido
a una gran guerra que asoló el mundo desde 1914 hasta 1945, una "guerra civil europea" que llaman algunos historiadores como Ernst Nolte.
Para
la historiografía la Belle Époque es un periodo que abarca desde el fin
de la Guerra Franco-Prusiana (1871) hasta el inicio de la Primera Guerra
Mundial en 1914. Un periodo convulso, porque en él todavía existía una
conciencia que sobre todo las clases medias y las medias-altas tenían: una idea
de progreso indiscutible que estaba asociado directamente al liberalismo
burgués del siglo XIX.
Sin
embargo, la idea de progreso no debería estar
condensada desde 1871 hasta 1914, pues es algo más que un ideal incrustado en
un tiempo, es una conciencia, es un relato. Estamos ante una idea que define
por completo a la cultura que Zweig nos relata en sus memorias, pues en ellas
traduce un tiempo que ninguno podríamos comprender, pero a pesar de ello
queremos entenderlo.
Así,
dice el escritor austríaco:
“Nosotros
unos jóvenes completamente inmersos en nuestras ambiciones literarias,
reparábamos poco en los peligrosos cambios que se producían en nuestra patria:
tan sólo teníamos ojo para libros y cuadros. No mostrábamos ni el más remoto
interés por los problemas políticos y sociales: ¿qué significaban para nuestras
vidas aquellas trifulcas a gritos? La ciudad hervía durante las elecciones y
nosotros íbamos la biblioteca. Las masas se levantaban y nosotros escribíamos
versos y discutíamos poesía…. Saboreábamos, despreocupados y sin temer al
futuro, los exquisitos manjares del arte”.
Traduciendo
al autor entiendes que su nostalgia peca de ser soñadora, que su mundo no era
el mundo que algunos podían escribir, pero su idealismo por ese pasado perdido
denota que al final no hay más dolor que el vivir la soledad en un tiempo que ya
está perdido y, peor aún, destruido. Pues así Zweig habla de un sentimiento
puro, la nostalgia, una peligrosa emoción que conviene coger con pinzas,
colgarla en la cuerda y revisarla de vez en cuando por si esta mojada de alguna
que otra lágrima. El mismo autor lo reconoce:
“Hoy,
cuando ya hace tiempo que la gran tempestad lo aniquiló, sabemos a ciencia
cierta que aquel mundo de seguridad fue un castillo de naipes. Sin embargo, mis
padres vivieron en él como en una casa de piedra”.
Esa
idea de seguridad que su generación tenía sobre el futuro está presenta en toda
la obra biográfica de Zweig, incluso ya desde el principio de sus memorias deja
muy claro su postura al respecto:
“Si
busco una fórmula práctica para definir la época de antes de la Primera Guerra
Mundial, la época en la que crecí y me crié, confío en haber encontrado la más
concisa al decir que fue la edad de oro de la seguridad.”
Pues
todo estaba medido, atado y controlado, pero siempre bajo una premisa de
libertad. Por supuesto, el autor peca de que el tiempo que él vive, tanto su lugar
como su clase social son diferentes a la de cualquier europeo de clase baja de
la época, pero aun así conviene señalar que fueron estos años cuando se criaron
autores y artistas de todas las ramas de la ciencia, donde se cultivó la
cultura europea que hoy aún estudiamos, pero donde nació también un sentimiento
nacional e imperial que puso a occidente en guardia.
¿Y
como vivían en esta época esta generación de gente de bien?,
¿Cómo pudo ser que de pasar unos carnavales en Río de Janeiro un escritor de la
talla de Zweig decidiera envenenarse en el hotel junto a su mujer?.
Para
ello habría que tratar de hacer un retrato de la Viena de la época, la cuna de
la cultura burguesa por excelencia, donde el mundo esta dominado por las élites
y el proletariado, las masas empiezan a tomar conciencia de clase y la segunda
revolución industrial se asentando en el mundo. Una cultura dominada por el
arte donde se acudía a la ópera se leía en los cafés y se compartían
conocimientos artísticos en los salones. Una época de grandes nombres, de
movimiento entre países, de cultura europea. Pero a pesar de todo, el momento no
prosperó y la sociedad se estancó.
El
siglo XIX se define principalmente por el liberalismo, una idea que es
revolucionaria en tiempos de finales del XVIII. Los grandes historiadores
hablan de la Europa Negra como Mark Mazower, otros como Eric Hobsbawn hablan
del siglo XX como una contraposición entre fascismo y democracia. Richard Vinen
la llama la Europa en Fragmentos, en definitiva, siempre existe un eje vertebrador:
un desastre traumático para Europa que aún hoy pervive en nuestra conciencia.
En
parte este trauma tiene sus bases en esta conciencia del ser europeo que había
perdido parte o totalmente su esencia, en un mundo dominado por la guerra. Pero
curiosamente poca gente lo vio venir. Poca gente se dio cuenta de que el suelo
bajo sus pies se estaba resquebrajando, y donde las ideas estaban rompiendo las
bases de un férreo sistema que se había asentado. El mismo autor habla de la
figura de Hitler como un personaje secundario, al que nadie de su entorno
tomaba en consideración al principio, pero que con el tiempo se hizo con el
control de media Europa. Así decía sobre Hitler:
“Aquel
nombre no me decía nada. Y no le presté atención porque a saber cuantos nombres
de agitadores y golpistas, hoy ya completamente olvidados, aparecían en la
desbaratada Alemania de entonces para volver a aparecer con la misma rapidez”.
La
muerte de este escritor no se produjo en 1942, sino que lo que sucedió fue algo
mucho peor, fue una muerte en vida, una muerte de la ilusión, del tiempo y del
futuro. Una desesperanza que condensó los sentimientos de un hombre que ante
una perspectiva de prosperidad decidió mantenerla en el baúl de los recuerdos.
Bibliografía
que recomendamos:
- Eric HOBSBAWM. La era del imperio, (1875-1914). Crítica, 1998.
- Mark MAZOWER. La Europa Negra. Barlin Libros.
2017.
- Ernst NOLTE. La guerra civil europea, 1917-1945. Nacionalsocialismo y bolchevismo. Fondo de
cultura económica. 1996.
- Stefan ZWEIG. El mundo de ayer. Memorias de un
europeo. Acantilado. 2016.

Sin más comentarios. Maravilloso artículo.
ResponderEliminarMuchas gracias :)
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